domingo, junio 28, 2015

La Saurina...


Nunca antes ninguna de las mujeres del pueblo de Matlazuc había engendrado un nuevo hijo después de los cuarenta años, menos mujeres viudas y mucho menos en un día de eclipse, por lo cual la concepción de aquella niña fue visto más como un mal augurio que como un capricho de la naturaleza y todavía menos como un designio del Altísimo Señor.

Todo ocurrió en el primer mes de la época de estío del año del gran eclipse, cuando doña Maximiana Hernández, una de las cuarenta y tres viudas de aquel pueblo calentano, decidió llevarle la comida a su yerno por pedido de su hija Guadalupe, quien se encontraba ya en el último mes del estado interesante; era su cuarto embarazo y durante todos los meses había sufrido de vaguidos, antojos de caldo de garrobos y de atole de pinole, y ya no estaba pa' esos andares por los sembradíos en despoblado atravesando vericuetos de arrabales calentanos.

Doña Maximiana Hernández había quedado viuda desde los treinta y tres años después de que su marido Herminio Varela se había robado una novia recién salida del altar a quien el padre Cuco apenas había otorgado el segundo sacramento de servicio. Justo entonces le entró por los ojos lo enamorado, y luego luego sacó su escopeta cuata, amagó al novio con todo e invitados y se la llevó en su caballo al monte baldío. Durante tres días no los encontraron y al cuarto día regresó a la novia con su pureza mancillada y le regaló su caballo blanco. «Tú te quedas aquí chula» masculló entre dientes y se fugó por la sierra de Tierra Caliente, una semana más tarde los municipales lo alcanzaron y fue muerto en tiroteo, no sin antes despacharse a cuatro municipales.

Desde aquel día Maximiana pese a ser muy dicharachera y caliente de vientre, siempre le guardó luto a Herminio Varela, y aunque a sus cuarenta y cuatro años a cuestas, aun tenía vestigios del cuerpo de mulata, nunca sintió necesidad de hombre y se pasaba refugiada en sus rezos de rosarios y sus misas cotidianas.

Aquel día llegó muy apurada a visitar a su hija Guadalupe, quien le encargó que le llevara la comida a su marido al campo, salió a paso apresurado cubriéndose con el rebozo y cargando bajo su brazo una canasta de mimbre, cubierta con una servilleta de tela que ella misma había bordado, bajo la cual estaban un pocillo de atole de guayaba, cuatro uchepos, un plato de chimpa, un tarro de dulce de frijol, varias memelas recién sacadas del comal y un bule de tlapehue.

«Ándale pues mija, voy y vengo a dejarle el almuerzo a tu marido». Guadalupe le agradeció en silencio, sosteniendo con una mano la aldaba de la puerta y con la otra su vientre de embarazada.

Justiniano Garcia era uno de los mejores reateros y tarecueros del pueblo, una vez él solo había arado toda su siembra con sus manos sin necesidad de bueyes, era alto y fornido, de músculos correosos, tenía un tatuaje de la virgencita de Guadalupe en su pecho en honor a su mujer y a Dios, poseía una mirada lechuzera y cantarina, era corto de palabras y razones y le apodaban “el chicuaro”.

«Ándale Justiniano que te truje el almuerzo de encargo de la Lupita, ya anda con trabajos la pobre». Le advirtió Maximiana a Justiniano. Comió en silencio y rápido, fue entonces cuando el cielo totalmente se oscureció. Nadie supo como fue que Justiniano convenció a su suegra de tener ayuntamiento de carnes, unas gentes podrán decir que fue el efecto del eclipse, otros que quizás la forzó, incluso otros que la viuda una cana al aire se aventó. Lo cierto fue que una especie de embrujo les encendió la concupiscencia a los dos, y entre milpas y charamascas se atrevieron a cometer ese acto impuro ante los ojos de Dios. Y sin ninguna otra ocasión ni explicación Maximiana embarazada a sus cuarenta y cuatro quedó.

Maximiana siempre había tenido la virtud clarividente de anunciar sus nuevos embarazos el mismo día que una de sus semillas era germinada, y cual precepto divino cuando lo aseveraba, la regla ya no le llegaba más. Desde su primera regla que había tenido a sus trece años un domingo de ramos de un año bisiesto, todos los días que estaba con el mal de la sangre, a causa del pecado original, se echaba en ayunas un vasito de sangre de iguana recién degollada, con un chorrito de jerez del puesto de doña Mica. «¡Ah! es de alimento» decía después de sorberlo todo de un trago. Por lo mismo, le caía pesada, y el primer día de sus reglas siempre se acompañaba de una chorrera pestilente a iguana insolada, chuquillosa y mantecosa.

Unos días después que Maximiana se supo embarazada, su hija Guadalupe daba a luz a su cuarto hijo a quien bautizaría con el nombre de Leovigildo. Ese mismo día Maximiana mediante una plegaria silenciosa le prometió al Santísimo Señor Nuestro Dios, que nadie sabría el secreto de su debilidad y traición, fue también la última vez que habló con Justiniano echándole una mirada de complicidad hasta la muerte. Cuando los paisanos le preguntaban a Maximiana quién era el padre, ella argumentaba que había sido concepción divina, y cuando alguien la contrariaba ella decía: «Si le creyeron a la virgen ¿por qué a mi no?». Siete meses después nació una delicada niña más blanca que la nieve a quien su madre nombraría Blanca Concepción.

Blanca Concepción era una niña de belleza inhumana, tenía la piel como leche recién ordeñada, una cabellera más negra y más brillante que la obsidiana, azabaches pestañas que daban la impresión de ser postizas y ojos que deslumbraban como las mismas esmeraldas. Por azares del destino y por la cercanía de sus nacimientos Blanca Concepción y Leovigildo fueron criados como hermanos por la viuda-madre-abuela. Blanca Concepción siempre fue más vivaracha, habló bien chiquita y cuando hablaba no le paraba la boca; Leovigildo en cambio, se comunicaba más a señas y sólo palabrería inentendible vociferaba. Desde muy niña Blanca Concepción dio muestras de tener la virtud premonitoria de la adivinación y debido a sus dotes de clarividencia muchas gentes del pueblo empezaron a decirle “la saurina”. Debido a la carencia del lenguaje hablado de Leovigildo mucha gente pensaba que era mudo y fue cuando empezaron a llamarle “el mudito” más la virtud de Leovigildo siempre fue la valentía y su mayor defecto la imprudencia, heredados por gracia de su abuelo.

Unos años más tarde por fin logró hablar Leovigildo, quizás ayudado por el pan de los apóstoles que le dieron a comer un jueves santo del año que se desbordó el río o por las tarabillas de su media hermana Blanca Concepción, quien con cada día que pasaba afinaba más sus dotes saurinescas.

«Alguien se va a ir y algo va a venir». Advirtió a su madre una mañana del mes de mayo que no hizo calor en la región calentana. «Algo va a pasar ¿verdad que si, Chula?...». Considerando que ya antes había predicho el cambio de cura al poblado de Pungarabato, el día que llegarían las aguas y la muerte de una vaca de Justiniano, Maximiana considerando los peligros más cercanos mando tapar con leños para vigas el pozo de agua que en el patio de su casa tenía, por temor a que alguno de los guachitos se fuera a caer allí.

Por su parte Leovigildo seguía con su poco cotorreo y frecuentemente había sido objeto de burla de uno de sus vecinos güeleques; quien comenzó a decirle su mote socarronamente y a fastidiarle sobre sus pocas palabras. Al día siguiente le tomó sin permiso a su padre una verduguilla, salió a buscar al vecinito burlón y enfrentándolo al tiempo que le sacaba la verduguilla y se la acercaba al cuello le dijo: «A ver cabrón vuélveme a decir “el mudito”». El enmudecido en ese momento fue el otro guache, que después de empezar a llorar salió corriendo despavorido a su casa. Horas más tarde el padre de Ramoncito, el guache chillón y agüelecado, fue a reclamarle a Guadalupe de la amenaza con arma blanca de su hijo Leovigildo. Y cuando su marido Justiniano llegó el incidente le contó y Leovigildo una buena zurra con vara de cueramo recibió.

A la mañana siguiente muy temprano Leovigildo fue a pasearse por la casa vecina divisando en los tendederos del patio sabanas blancas recién lavadas, y en menos que lo pensó ya estaba enjuagándose las manos en lodazal de cuches y sus huellas en las sabanas plasmó. Para su mala suerte, Ramoncito lo miró, la escena se repitió, nuevamente Leovigildo fue señalado y su castigo recibió, sólo que esta ocasión su padre lo azotó con la reata que arreaba a las vacas. Catorce veces las sabanas manchó y catorce veces el mismo castigo recibió, hubieran sido más sino es porque Guadalupe le dijo a Justiniano «Pégame a mi mejor, pero ya deja al hijo de mi corazón».

Esa tarde mientras su madre le curaba la espalda y las nalgas se imaginó al mismo Cristo ensangrentado por tremenda azotaina. Esa misma noche le imploró al corazón amoroso de Jesús sacramentado y a Nuestra Señora de Guadalupe que si su hijo, iba a ser así de cabrón como su padre Emilio Varela que mejor se lo recogiera. Una semana después cayó la peste de la viruela al pueblo de Matlazuc y Leovigildo se murió el día cuando los tecuanes le bailaban a la Virgen de la Asunción. Ramoncito tampoco pudo escaparse de la viruela, y mientras se encontraba tendido sobre hojas de plátano, le preguntó a su madre: «¿Mamá me voy a morir?» Su madre con llanto contenido le respondió: «No, mijo lindo, no te vas a morir» y Ramoncito le respondió: «Ay mamá si se murió Leovigildo que era valiente, contimás yo». Blanca Concepción también enfermó, sin embargo ella no se murió, y siguió con su vida de saurina pero ese es cuento para otra ocasión.

viernes, junio 26, 2015

Purificación Filosófica...



Esa tarde traía unos espermatozoides muy alebrestados, quería deshacerme de ellos y no había pensado en mejor lugar que en su lujurioso útero... así que cogí el Nokia, le marqué, y mientras le explicaba mi predicamento viril, sin titubeos me colgó, no sin antes recordarme a mi abuela y mandarme derechito a la verga.

Tuve unos pequeños momentos de reflexión recostado en mi futón sobre aquella mujer que ahora me odiaba, pero antes me idolatraba y hasta los Durex me compraba. Sentí como que la extrañaba y decidí darme una trompada en los huevos para que se me olvidara.

Después de un breve tira y afloja con mi libreta de direcciones de mujeres prohibidas, no conseguí nada que pudiera aliviarme del mal que me aquejaba, así que salí convencido de que por primera vez contrataría los servicios de una buena puta.

Encendí el auto, metí primera, segunda, tercera y enfilé hacia la zona hotelera, donde sabía había una buena “sala de masajes” recomendada por mi buen amigo el filósofo, decía que algunas de sus mejores divagaciones filosóficas habían salido de los encantos de una buena puta.

“Tarde o temprano terminarás pagando por sexo” decía y aquellas palabras gastadas retumbaban como eco en las catacumbas sinápticas de mi cráneo semi hueco. Decidí cambiar de eco y encendí la radio...

Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente, 
que la reseca muerte no me encuentre vacío 
y solo sin haber hecho lo suficiente...

Sonaban Antonio Flores y Ana Belén en aquel mítico concierto... Pese a la grandeza de la melodía yo solo le pedía a dios una buena puta y encontrarla vacía de semen ajeno y que me aguantara lo suficiente la miseria de pesos que quedaban en mi bolsillo.

Cuando llegué al lugar tuve una sensación de “jamaís vu” que confundí con “déjà vu” y unos segundos más tarde con “déjà visité” (ustedes perdonarán mi francés pero desde aquella romántica noche no lo practicaba).

Mi querido y filosófico amigo me lo había pintado como discreto, seguro, limpio, y que por sólo mil pesos te hacían el servicio completo. Entré como niño asustado y el encargado me preguntó, sino me había equivocado, pensé que por alguna razón había pensado que era maricón y que el bar "gay" estaba en otro lado, luego de una breve dubitación sobre mis preferencias sexuales decidí ignorarlo, no podía hacer nada por él, así funcionaba este prostíbulo pensé.

Era una habitación que parecía el “lobby” de un buen hotel, con confortables sillones y mesas de bar, cuando miré de reojo, una de las puertas del lado derecho se abrió y entró una hembra madura, delgada pero bastante sabrosa, se me quedó viendo como una lechuza y movió los brazos como aleteando, pensé por un momento que emprendería el vuelo.

—¿Quieres una morra guapa o buena cogedora? —me preguntó.
—No sé, es mi primera vez, ¿usted que me recomienda?
—Una morra bonita te ayudaría a sentirte guapo, pero una buena cogida te llevaría al paraíso.
—No lo sé de verdad, estoy hecho un manojo de nervios, su opinión ayudaría.
—Bueno, bueno, tú tranquilo, una morra muy guapa entonces... y limpia ¿verdad?
—Si no es mucha molestia —dije sonrojado.
—No te preocupes yo conozco mi negocio —esbozó una sonrisa.

Se fue y unos minutos después regresó con una mujer más joven, más sabrosa y mucho más guapa.

—¡Hola guapo! te gusto...? —me preguntó. No contesté pero me puse otra vez sonrojado.
—No te preocupes papi conmigo se te alegrará el corazón —esbozó una sonrisa y en un instante se me empalmó.

Me pidió que la siguiera a través de un pasillo semioscuro con varias habitaciones y luces de colores, cada una de las habitaciones estaba numerada con nombres de posturas del “kamasutra”, se me antojó quedarme en la del “yunque” por ser mi favorita pero me tocó la del pinche “simio” que para variar ni la conocía, en mi mente imaginaba si la habitación tenía algo que ver con la destreza de cada “galante dama” que ese prostíbulo albergaba. Entré bastante convencido de por fin perder mi virginidad de meretriz.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—¿Cómo quieres que me llame papi? quiero complacerte en todo.
—No lo sé de verás, estoy bastante nervioso.
—Bueno tú tranquilo papi, me llamo Purificación, pero puedes decirme “Puri”.
—Gracias—dije sonriente.

Como desconocía el procedimiento me tumbé en la cama, esperando que ella hiciera el servicio completo que me habían prometido por tan solo mil pesos. Comenzó a desnudarse y se quedó solo con un transparente “négligée” que permitía entrever la ropa interior, se abalanzó sobre la cama con movimientos de gata, comenzó a mover el culo de un lado a otro mientras con una mano se agarraba las tetas, luego comenzó a desnudarme y cuando me quitó todo argumentó.

—Estás enfermo —dijo Purificación.
—No, no. Estoy bien. Siempre me ocurre lo mismo cuando las mujeres ven mi desnudez.
—¿Quieres que te la chupe?
—Por favor —dije con agrado.

Después de cinco chupaditas, el cardumen de espermatozoides alebrestados había quedado dócilmente domado, y yo había terminado, para mi sorpresa no se los había tragado de inmediato, hizo una especie de enjuague bucal y los escupió sobre su mano. Fueron mis peores mil pesos malgastados, no pude recuperarme dentro del tiempo límite de acción predeterminado y acabé escuchando la historia de la conversión de Purificación a la bendita religión de la prostitución, no era una historia tan triste, ni tan difícil y aparentemente le gustaba la vida de puta... “y gano bien” decía. Me levanté, me vestí, le pagué al encargado, me preguntó si lo había disfrutado, le dije que sí medio frustrado, después de todo no sería el único a quien así le habría pasado. Se rió y empezó a contar los billetes gastados. Me sentí medio feliz pues como decía mi amigo el filósofo: “Cualquier hombre puede soslayar coger, pero es muy duro que no te la mamen.”

Me disponía a salir del prostíbulo pero me topé con mi mejor amigo, no lo noté sorprendido ni asustado, me saludó muy amigable con un fuerte abrazo y comenzó a contarme de todos los males de su vida conyugal y patatín patatán. Después de una larga sesión terapéutica gratuita de putero y dos tequilas freudianos encima. Me despedí y lo vi alejarse por el pasillo de la mano de Purificación.

Cuando salí, enfilé hacia casa de mi amigo y para no hacerles el cuento largo, después de una larga conversación y cuatro “Desperados” coquetos y enamorados, los espermatozoides otra vez se alborotaron y terminé teniendo sexo con la esposa de mi mejor amigo y fue uno de los mejores polvos que he tenido...

¿Acaso no habrían hecho ustedes lo mismo?




jueves, junio 18, 2015

La venganza es mía...


 
Era la época esa en que estaba experimentando el gran cambio hormonal, la decisión volitiva y concienzudamente estúpida de volverme un “Homo sapiens monogámico”.

—Vaya mierda, mascullé vociferando.

Lo único que me aliviaba la falta de deseo libidinoso eran las pelis. Aún conservaba una pequeña colección de filmes de arte, y había comenzado un ritual de ver una peli diaria y al terminarla escribir una reseña crítica sobre cada una de ellas.

¡Oh la inmensa y cálida soledad de la multitud de cientos de películas apiladas, la abrumadora insensatez de los efectos cinematográficos inertes a tus pies, el deseo incandescente de querer una trasformación caleidoscópica de esos cientos de filmes en lo más obsceno y guarro del porno!

Cogí una película al azar cerrando los ojos, salió una de "The Criterion Collection".

“Vengeance is mine” A film by Shohei Imamura.

La tomé entre mis manos, como si fuera una delicada joya, apreciándola y acariciándola, leí la sinopsis:

A thief, murderer, and charming serial lady-killer, Iwao Enkizu is on the run from the police...




Dirigí mi vista hacia las tres foto-imágenes de la contraportada, la central captó toda mi atención pues mostraba el rostro del éxtasis de una mujer oriental de una manera especialmente erótica y bella. Vi repentinamente que de “puritito” milagro divino no se me había empalmado, abrí la caja, saqué el “deuvedé”, encendí el reproductor, y me dispuse a verla recostado en mi futón.

Una de las principales razones por la cuales nunca llegué a ninguna parte con las malditas películas fue la de que siempre se mezclaban con el sexo. En cuanto invitaba a una mujer al cine, el aire que respiraba me olía a sexo hediondo y agusanado.

Saraí fue mi primera experiencia en el cine (el típico cinema ochentero de barrio mexicano con butacas de fibra de vidrio, un inmenso y triste bodegón transformado en un sitio de malas proyecciones acústicas y auditivas). Saraí no era precisamente una belleza, aunque tenía un aire de realeza teotihuacana, con tez morena y ojos verdes vidriosos, poseía algo de acné, una sensual verruga en la nariz y algo de bigote. Sin embargo, lo que más me excitaba eran sus delicados y velludos antebrazos, se podían tejer trenzas en ellos y sus polidácticas manos siempre estaban adornadas con uñas esmaltadas que ella misma estilizaba, siempre me preguntaba si me gustaban mientras movía sus doce falanges adornadas.

Como buena hembra que era, solía llegar tarde al cine, y ya para cuando llegaba yo ya estaba un poco soñoliento y cansado de haberme masturbado al menos dos veces en el baño del cinema. Sin embargo, cuando entrabamos a la sala y nos sentábamos, ella me rozaba con sus vellosos antebrazos y volvía a excitarme, entre otras cosas porque siempre me tomaba de la mano y podía sentir su mano sudorosa y contarle sus dedos, luego entre penumbras me volvía loco con su bigote.

Durante la función no me podía concentrar en otra cosa más que en su monte de Venus. Lo fantaseaba tupido y maravilloso, un hermoso tapete de Temoaya, extendido desde sus muslos hasta el ombligo y rodeándole parte de sus suculentas nalgas. Fueron semanas de tórridas y debilitantes masturbadas, todas ellas inspiradas por mi peluda acompañante de mis tardes de cinema jamás imaginadas.

Un día caluroso de mayo, por fin tomé el perverso coraje suficiente, y tan pronto nos sentamos en las butacas, me abrí la bragueta. Saraí como solía hacerlo, me tomó la mano derecha y como que no quiere la cosa, poco a poco fui aproximándola a mi entrepierna. La miré de reojo casi gritándole en silencio que la tomara. Para entonces, mi pene se había disfrazado en macana de policía y salía a explorar la oscuridad del cinema, hubo una escena de día que iluminó la función, Saraí la vio y no pudo resistir la tentación de agarrar aquella dura macana, yo simplemente me dejé querer, fue una combinación manual-feladora incluso más maravillosa de como la había soñado, que concluyó con un grito orgásmico entre cuchicheos de espectadores, sorbetes de refresco y tronidos de palomitas.

Ese fue mi primer incidente sexual en un cine, supongo que desde entonces tengo esa fijación “oro-fálica-pilo-polidactílica freudiana”, quizás algún día les platicaré algunos otros incidentes cinéfilos, pero por ahora me dispongo a ver “vengeance is mine”.